REVISTA RELEP, 2026, 8 (2), Mayo-Agosto, ISSN: 2594-2913
Introducción
La primera infancia representa un periodo decisivo en el desarrollo hu-
mano, debido a que el cerebro experimenta una gran plasticidad, durante
los primeros años de vida. En esta etapa, dicha plasticidad alcanza uno de
los puntos más altos, lo que implica que los ambientes, las experiencias y
las interacciones cotidianas influyen de manera directa en la configura-
ción de las estructuras cerebrales que sostienen las capacidades cognitivas,
emocionales y sociales del individuo. Desde esta perspectiva, la educación
preescolar se convierte en un espacio estratégico, no solo para favorecer
la adquisición de conocimientos, sino también para estimular procesos
cerebrales subyacentes al aprendizaje, la autorregulación y la convivencia.
Por ello, resulta necesario que el docente reflexione sobre su
práctica pedagógica y reconozca los aportes de las neurociencias cog-
nitivas. Esta disciplina ha evidenciado que las funciones ejecutivas (FE)
cumplen un papel determinante en la autorregulación, la toma de deci-
siones, la planificación y el control inhibitorio, y la flexibilidad cognitiva,
habilidades que permiten a los niños emitir respuestas adaptativas ante
situaciones complejas o novedosas. En consecuencia, fortalecer estas fun-
ciones desde la educación preescolar contribuyen al desarrollo integral de
los estudiantes.
A pesar de que el vínculo entre las neurociencias y la educación
se ha fortalecido en la última década aún persisten prácticas tradicionales
en los espacios preescolares que no integran plenamente este conocimien-
to en la planeación y el desarrollo de las experiencias de aprendizaje. Vy-
gotsky afirmaba que el juego es una actividad social que permite al niño
interactuar con sus pares, apropiarse de la cultura y desarrollar habilidades
cognitivas, sociales y emocionales, lo cual favorece su aprendizaje integral.
Sin embargo, este reconocimiento no siempre se traduce en prácticas do-
centes que aprovechen el potencial pedagógico y neurocognitivo del juego
debido a que este continúa siendo interpretado, en muchos casos, como
un momento de recreación, entretenimiento o descanso, separado de la
intencionalidad formativa que define el quehacer educativo.
En este punto se ubica uno de los principales vacíos del conoci-
miento. Aunque existe literatura que documenta ampliamente los benefi-
cios del juego para el desarrollo infantil, todavía son escasos los estudios
que analizan de manera directa la práctica docente vinculada con el juego
colaborativo (JC) como recurso didáctico para fortalecer las funciones
ejecutivas (FE). Aún menos frecuente es encontrar investigaciones que
examinen cómo los docentes diseñan, adaptan o implementan actividades
lúdicas desde un enfoque neurodidáctico, es decir con conciencia de los
procesos cerebrales que desean estimular.
Por ello, este trabajo tiene como objetivo general analizar la re-
lación causal entre la aplicación de un programa intencionado de juego
colaborativo, y la mejora en el desempeño de funciones ejecutivas en ni-
ños de 3 a 5 años. La metodología se desarrolló desde un enfoque mixto,
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